La importancia del idioma en la espiritualidad

Su relevancia en el Cristianismo

José Saramago decía: “Los escritores hacen la literatura nacional, los traductores hacen la literatura universal”. Esto ya nos muestra la importancia de la traducción como instrumento para la universalización del conocimiento. Y si hay un terreno en el cual la traducción cobra especial importancia, es en el terreno de la espiritualidad, especialmente, en lo que al Cristianismo se refiere.
Cuando el Mesías prometido, Nuestro Señor Jesucristo, dio el mandato de ir por el mundo y predicar las buenas nuevas de salvación a cada criatura (Marcos 16:15, Mateo 28:19), les prometió a sus seguidores que recibirían “poder” cuando descendiese sobre ellos el Espíritu Santo (Hechos 1:8), para poder así, serle testigos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, lo que se conoce en el ámbito cristiano como “la Gran Comisión”.

Y no solo se ha prometido a los creyentes el Espíritu Santo para poder comunicar esas enseñanzas, sino, lo que es más importante, para otorgarles la mismísima posibilidad de obedecer los mandatos de su Señor. Así lo dice Juan 14:15-21: “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.”

Tal promesa se cumplió el día de Pentecostés, precisamente, dándoles a éstos el poder de hablar a sus oyentes en su propio idioma sobre las maravillas de Dios. Así es relatado de manera explícita en Hechos 2:1 al 4. Los apóstoles salieron y compartieron el evangelio con las multitudes, hablándoles en su propia lengua. “¡Les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios!” (Hechos 2:11).

No en vano se considera la traducción de la Biblia al alemán por parte del monje agustino Martín Lutero, como uno de los acontecimientos más revolucionarios en cuanto a la democratización del conocimiento, antes reservado a las elites eclesiásticas.

Ante la ignorancia de su pueblo, el propio Supremo lamenta: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento” (Oseas 4:6) Y es llamativo, además de maravilloso, que el propio Creador haya provisto la herramienta necesaria para lograr ese conocimiento de manera milagrosa, para hacerlo posible de manera indubitable.

El conocimiento de los asuntos espirituales no puede hacerse por mero misticismo o ciega obediencia a líderes espirituales, sino que debe constituirse en una experiencia personal en la vida de cada creyente, que debe incorporar esas enseñanzas de una manera dinámica en su vida, mediante la obediencia consciente, sensata e instruida.

En palabras del Apóstol Pablo al joven Timoteo, se le exhorta: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15) Y tal exigencia no admite la más mínima excusa, dada la lapidaria expresión de Santiago “la fe sin obras es muerta” (Santiago 2:14-17) Por tanto, somos inexcusables a la hora de procurar entender y comprender las verdades contenidas en Su Palabra.

Frases como “la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios”, “el que tiene oídos para oír, oiga” y “el que lee, entienda”, que se dicen y aún repiten a lo largo del Nuevo Testamento, dan idea de la necesidad de un conocimiento cabal de las Escrituras, que no puede hacerse sin una comprensión del idioma como instrumento en la comunicación. La traducción al idioma de uso propio hace asequible la Palabra de Dios, su obediencia consciente y la extensión de Su Reino. Por esa razón, La Biblia es el libro más traducido de la historia, y aún hoy día, se sigue traduciendo en lenguas y dialectos de todos los rincones del mundo, como así también toda la literatura que la acompaña.
Como creyente nacida de nuevo, me enorgullece estar entre aquellos que procuran mediante la traducción acercar las Buenas Nuevas de salvación, para cumplir con el propósito de Nuestro Señor.

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